lunes 22 de junio de 2009

El camino que hemos recorrido las mujeres


Nacida a fines de los setenta me resulta difícil imaginar no haber tenido la posibilidad de elegir una carrera y desarrollarla…lo que no me resulta para nada difícil es la dificulta que tenemos las mujeres para acomodarnos al nuevo lugar que en forma muy reciente empezamos a ocupar….porque también lo vivo. Siento y veo la gran dificultad con la que las mujeres desarrollamos una carrera y los demás roles que elegimos vivir. Formamos pareja, nos convertirnos en madres y entonces nos damos cuenta que no todo es como debería ser…
Incluso antes que se de esta situación percibo que las mujeres todavía no encontramos nuestro lugar, que todavía no sabemos nada sobre nosotras mismas, que todavía nos vemos a través de la mirada masculina, en una sociedad patriarcal donde el temor al poder femenino escasamente comprendido dio lugar a la desvalorización y sometimiento de la mujer.
Las mujeres intentamos tener un lugar en esta sociedad convirtiéndonos justamente en aquello que nos dejo a un lado. Para tener un lugar en la sociedad patriarcal había que ser como los varones…y ahí nos perdimos de nuestra esencia, de lo que realmente somos, es evidente que la confusión, el enojo, el cansancio nos inunda cuando tratamos de ser lo que no somos. Cuando vamos a valorar las virtudes intrínsecas al ser femenino, cuando nos vamos a dar cuenta que el ser diferentes es lo que nos valoriza???
No quiero ahondar en un tema que da para largo (aunque creo yo tiene que ver con la génesis de este problema), pero evidentemente en la sociedad actual no se aprecia, ni se da lugar a lo diferente, en cualquier aspecto de la vida. Las grandes intolerancias religiosas, por ejemplo, son un reflejo de las pequeñas- y a veces no tanto- intolerancias a nivel individual. Lo diferente asusta hasta que lo conocemos.
Las mujeres no conocemos nuestro cuerpo, desde lo básico de saber donde están ubicados, como son, y como funcionan nuestros órganos sexuales, hasta, ni que hablar, de lo más profundo; como cómo funciona nuestro ciclo femenino en relación a nuestras emociones y nuestra poderosa intuición. Es más fácil creer, al igual que los varones, que muchas de nostras tenemos un carácter difícil antes o durante la menstruación, porque esta biológicamente dado, que preguntarnos que señales nos da nuestro cuerpo en ese momento del mes que nosotras no sabemos escuchar, y que gracias a nuestro ciclo y nuestras hormonas nos golpea la puerta todos los meses.
Explica la Dra Northrup en su libro “Cuerpo de mujer sabiduría de mujer”:
“La fase lútea, desde la ovulación hasta el comienzo de la menstruación, es la fase en que las mujeres están más sintonizadas con su saber interior y con lo que no funciona en su vida”
Considero que las mujeres debemos empezar a conocernos mejor en todas nuestras dimensiones, para empezar a apreciar el valor de lo femenino y el maravilloso funcionamiento de nuestro cuerpo. Debemos empezar a vernos con una perspectiva propia y sin prejuicios, para entendernos y admirarnos.
Creo que en este momento somos las peores enemigas de nosotras mismas, somos las más severas para juzgarnos y las primeras en criticarnos, las mujeres entre nosotras somos poco solidarias, y de esta forma difícilmente lleguemos a salir del lugar en que estamos.
A las que nos toca como madres trasmitir una identidad femenina positiva a nuestras hijas, deberemos aprender a vivir en forma plena nuestro cuerpo y nuestra vida, ya sea que seamos amas de casa o trabajemos muchas horas fuera de ella, para poder trasmitirles a nuestras hijas : es bueno ser mujer!!!
Muchas mujeres con vidas profesionales exitosas pero sujetas a reglas masculinas, intentan emular al varón para ser competitivas, por lo que suelen trasmitir a sus hijas un sentimiento de inferioridad con respecto al varón y el mensaje es: no es bueno ser mujer!!!
Celebremos las diferencias que nos hacen distintas a los varones y que nos hacen mujeres, respetemos nuestros cuerpos y nuestras emociones, y no caigamos en el mismo error que nos ha dejado tan mal paradas: celebremos las diferencias que hacen a los varones distintos a las mujeres!

miércoles 3 de junio de 2009

Para pensar sobre nuestra disponibilidad cuando llegamos a casa...


¿Y por casa cómo andamos?

¿Llegar a casa cada noche es un desafío? ¿Se convierte en rutina el hecho de enfadarnos una y otra vez con nuestros hijos? ¿Nos invaden las mismas broncas y no encontramos salida? ¿Cómo organizar una dinámica más alentadora? Cuando nos imponemos retos inalcanzables y no logramos colmar nuestras expectativas… sin darnos cuenta, desviamos esas esperanzas hacia los demás, convirtiendo en exigencias desmesuradas lo que posiblemente nosotros mismos no somos capaces de asumir.

Todos esperamos que nuestros hijos respondan a nuestros deseos: Que sean responsables, que estudien, que sean bondadosos, que respondan con amabilidad, que ayuden en casa, que sean solidarios, que sean pulcros, en fin, que sean perfectos. Pero esas expectativas son tan improbables como ridículas, no porque los niños o adolescentes no puedan ser poseedores de estas cualidades, sino porque posiblemente ellos no comparten la importancia que nosotros le otorgamos a cada una de estas supuestas virtudes. Y además porque en muchos casos, nosotros tampoco alcanzamos esos niveles de excelencia, puntualidad o rectitud.

Desviar expectativas personales, generalmente de modo no consciente, significa que esperamos que los demás hagan, comprendan, respondan y accionen según nuestras necesidades. Si nuestra vida es caótica, es posible que nos obsesionemos con el orden en casa, pretendiendo que nuestros hijos nos satisfagan y sobre todo que sientan lo mismo que nosotros: la necesidad de tener todo bajo control. Ese es el inicio del conflicto: ellos “no sienten” la urgencia por tener sus objetos personales en orden, en cambio nosotros “sentimos” que si reina el caos en nuestra casa, ya no podremos superar el desconcierto interno. Claro que todo esto sería más tolerable si comprendiéramos que se trata de necesidades diferentes, no de falta de respeto de los niños o adolecentes hacia nosotros.

¿Qué podemos hacer para disminuir los enfados innecesarios y para ayudar a crear un clima de convivencia más amable?

En primer lugar, otorguémonos un minuto de silencio. No para convertirlo en un acto sagrado, sino apenas para obtener unos instantes personales y poner nuestros pensamientos en orden. Es impresionante lo que podemos lograr con un solo minuto de silencio: No nos abalanzaremos furiosos sobre lo que el niño o el adolescente han hecho mal. No gritaremos. No liberaremos furias personales. Es decir, observaremos que habrá sido un muy buen primer paso el hecho de calmar nuestra descarga emocional, que es nuestra y que no tiene que ver con lo que los demás hicieron o no.

En segundo lugar, después de habernos tranquilizado y haber entrado en sintonía con nosotros mismos, observémonos y veamos qué vemos. Si estamos molestos, cansados, agobiados, nerviosos o malhumorados. Entonces reconozcamos que eso es lo que nos pasa.
Que nuestra tolerancia está al límite y que quisiéramos ir a dormir y no tener que ocuparnos de nadie.

En tercer lugar, nombremos eso que nos pasa. Podemos explicar con palabras sencillas a los niños o jóvenes que estamos muy cansados, o que tuvimos tal o cual problema, o que tenemos que resolver algunas cuestiones de trabajo o temas familiares pendientes o lo que sea que nos tiene preocupados. Eso nos otorga a todos un panorama sobre cómo están las cosas. Posiblemente el hecho de relatar cómo estamos habilite que otros puedan también contar lo que les pasa. Tal vez uno de los niños tenga una excelente noticia de la escuela, o por el contrario arrastre alguna dificultad difícil de asumir. En ese contexto, donde decimos lo que sucede…todos nos volvemos solidarios. Si la casa está desordenada y nosotros necesitamos cierto orden para sentirnos un poco mejor, podemos hacer ese pedido que seguramente será escuchado porque estamos hablando desde el corazón. Y sobre todo porque los niños también se sienten escuchados, aunque quizás no podamos responder en ese preciso instante a sus requerimientos.

En cuarto lugar, recordemos que quizás hoy no, pero mañana o pasado mañana, o alguna vez, nos corresponderá llegar a casa de buen humor y disponibles para observar a nuestros hijos y reconocer todo lo que ellos sí hicieron a favor de nuestros pedidos. Recordar todas las veces que sí estudiaron, que sí ordenaron, que sí se bañaron sin que les digamos una y otra vez que debían hacerlo. A todos nos gusta ser reconocidos. Está claro que nuestros hijos van a sentirse más reconfortados cuando las palabras de sus padres sean alentadoras y llenas de orgullo.

En quinto lugar, aceptemos aquello que nuestros hijos no toleran en nosotros. Una y otra vez se quejarán de que no los escuchamos, que somos prehistóricos o incluso autoritarios, que no los comprendemos, que no los defendemos, y que el mundo ahora funciona de otra manera. Es evidente que hay aspectos donde nosotros les fallamos a nuestros hijos.

Por último, tengamos en cuenta que si seguimos jugando el juego de “quién tiene razón” (los grandes tenemos razón y por otro lado los niños tenemos razón), constataremos que tener razón no nos sirve para nada. Porque no logramos convivir en armonía. No estamos bien. Dejemos de esperar de nuestros hijos aquello que nosotros mismos no podemos instaurar en nuestra vida cotidiana.

Laura Gutman

martes 2 de junio de 2009

Ampliando la mirada sobre las dificultades reproductivas


Extracto de “Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer”, Dra. Christiane Northrup

“Casi toda las mujeres suponen que van a poder tener hijos algún día, aun cuando no estén seguras de desearlo; la capacidad de tenerlos es importante incluso para mujeres que no tienen la intención de utilizarla nunca. La capacidad de concebir y parir puede influir enormemente en cómo se siente la mujer consigo misma en un plano muy profundo. Así pues, cuando una mujer descubre que es incapaz de tener un hijo, suele caer en una gran desesperación y lo siente como una injusticia: ¿Por qué yo?. A estas mujeres les resulta casi imposible soportar ver a madres adolescentes que no tienen ningún problema para quedarse embarazadas, a no ser que encuentren algún sentido a la experiencia y hagan las paces con ella. El trabajo pionero de la doctora Alice Domar ha documentado claramente que, comparadas con las de un grupo de control, las mujeres a las que se les ha diagnosticado infecundidad tienen el doble de posibilidades de sufrir de depresión, y que esa depresión llega a su punto máximo alrededor de dos años después de haber comenzado a intentar quedarse embarazadas. Y aunque la infecundidad no es una enfermedad que ponga en peligro la vida, las mujeres infecundas tienen grados de depresión que no se distinguen de los de las mujeres que tienen cáncer, una enfermedad cardiaca o el virus del sida."
Continua la autora en relación a su propia experiencia como profesional:
“Según mi propia experiencia, las parejas que están más dispuestas a mirar la conexión mente-cuerpo y trabajar en ella, además de los otros aspectos de la fertilidad, son las que tienen más éxito, ya sea para concebir o para sanar su relación con la fertilidad.
Los factores más comunes(y con frecuencia interrelaciondos)que afectan a la infecundidad femenina son los siguientes:
Ovulación irregular
Endometriosis
Un historial de infección pelviana, debida a un DIU o a otra causa, que provoca lesiones en las trompas de Falopio
Estrés emocional no resuelto que produce sutiles desequilibrios hormonales
Problemas del sistema inmunitario: algunas mujeres producen anticuerpos contra los espermatozoides de algunos hombres y no de otros. De igual modo, pueden producir anticuerpos contra el óvulo fecundado por algunos hombres y no por otros.
Un cierto porcentaje de mujeres a las que se les ha dicho que son infecundas por algún motivo “médico”, se quedan embarazadas incluso sin tratamiento. La infecundidad no es nunca un asunto completamente claro. Muchos factores físicos, emocionales y psíquicos intervienen en la concepción, tantos, que es ridículo tratar de reducir la fertilidad a un asunto de inyectar la hormona correcta en el momento adecuado.
Cuando sólo nos centramos en las tecnologías, carísimas e invasoras con que se trata actualmente la infecundida, y nos olvidamos del corazón y el espíritu de las personas que reciben esos tratamientos, los resultados suelen ser decepcionantes e incluso devastadores."

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María Giachino
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